lunes, 10 de agosto de 2015

Día D.



Ahora que ya se han examinado todos los compañeros y mi anonimato está a salvo creo que tengo que publicar esta entrada que tenía pendiente. No tenía mucha gana pero creo que os lo debo desde hace tiempo. Antes de todo, el titular: no ha sido mi convocatoria. Dicho esto, aquí va la crónica.

El día del examen madrugué y, dentro de lo posible y de las circunstancias, intenté hacer exactamente la misma rutina de siempre independientemente del lugar. Me levanté, desayuné, me pegué una ducha exprés y me puse a estudiar. Como si ese día no fuera distinto, como si no fuese a jugarme un año entero de trabajo en unas horas. Intenté darle la mayor normalidad posible al asunto. Eso sí, intenté estudiar cosas que me dieran cierta tranquilidad y que llevaba muy bien para no provocar inseguridades de última hora. Simplemente se trataba de mantener ocupada la mente para no llenar el cuerpo de nervios y miedos.

A la hora de comer, mi acompañante de examen (llamémosla Equis) trató de animarme hablando de otras cosas mientras intentaba que probase bocado con una especie de sándwich de atún que casi no pude ni probar. La verdad es que me empecé a sentir muy muy nerviosa, respiración acelerada y el corazón a mil a punto de escaparse por mi boca.

Tras los cuatro bocados que pude mínimamente tragar, bebí agua, respiré profundo y me embutí en mi Traje Supremo: pantalón negro, blusa blanca, americana. Maquillaje sencillo pero adecuado para cubrir las ojeras hasta los tobillos. Pelo bien peinado, repeinado y vuelto a peinar. ¡LISTA! ¡Parecía una persona de provecho y todo! Volví a respiré profundo y pensé: “ya está. Hoy es el día”.

Miré por la ventana y ¡Oh sorpresa! Estaba diluviando. Sí, llovía. Sí, en Madrid. Sí, en verano. ¿Solución? TAXI. ¡Ayss! ¡Yo que me había repeinado y vuelto a repeinar!  La Señorita Equis no paraba de repetir: “¡Qué bien!, ¡¡Llueve!! Esto es una señal genial. La lluvia da una suerte increíble. ¡Créeme que soy gallega! La lluvia siempre ha dado muchísima suerte” Así que con el convencimiento total de que la lluvia era una señal prodigiosa y maravillosa de la buena mano que iba a tener con las fichas este año me dirigí hacia el taxi.

Al subir al taxi el trayecto no fue lo que se dice tranquilo. El conductor, un hombre de mediana edad, aparentemente en su sano juicio,  estaba literalmente trastornado. Ocupaba todos los carriles que veía a su paso, pitaba a todo el que se cruzaba por su camino, insultaba a los conductores, frenaba de repente, subía y bajaba aleatoriamente el volumen de la radio y aceleraba como si fuesen a darle un premio al más veloz. Todo un fitipaldi. Sí señor. Los cuatro bocados de aquel sándwich de atún que apenas probé amenazaban con salir a la luz en cualquier momento. Afortunadamente, entre todo aquel ritmo frenético  vislumbré nuestro destino en la lejanía y pude apearme antes de sembrar el caos de la indigestión.

Al llegar, pasamos el control de la entrada, dimos nombres y apellidos y nos dieron el letrero de identificación. Subimos las escaleras y comenzó la tediosa espera. Miraba a los compañeros, al bedel, los altos techos, los pasillos interminables,... Al fin escuché mi nombre: Carperista. Era la hora. Era el momento. Mi momento. Me despedí de Equis con una sonrisa nerviosa, entregué mi DNI y entré  algo despistada en la Sala acompañada de dos bolígrafos, un cronómetro y un nudo en el estómago.


Una a una fui sacando las fichas (aunque me gustaría compartirlo, por mi paranoia del anonimato he decidido que no voy a decir exactamente cuáles fueron los temas que salieron de los sacos este año ni tampoco otros detalles que pudieran constar o dejar de constar en acta. Ya sabéis que el anónimato es condición indispensable para seguir escribiendo el blog). No eran unas fichas horribles de difíciles (por ello entiendo la partición de la herencia, la suspensión de la ejecución de la pena o similares). Poco artículo, mucha explicación doctrinal, creo que los había cantado en alguna ocasión. En principio no debería haber problema.   



El Tribunal me concedió los 15 minutos para hacer los esquemas y ahí tuve un momento de pánico: no me sé nada. ¿Cómo voy a cantar si no me sé nada? Respiré profundo, me repetí: “sí te lo sabes, llevas tiempo cantando sin esquema, intenta recordar los puntos principales de cada tema para no perder la estructura durante el cante y todo irá saliendo. Confía. Esto es sólo un cante más. Sólo eso.” Volví a respirar. Apunté las ideas principales de cada epígrafe y los números de los escasísimos artículos de mis temas.

En cuestión de segundos (o eso me pareció a mi) entraron los miembros del tribunal en la sala y comencé la exposición. Y canté y canté y seguí cantando. Según iba exponiendo me notaba algo insegura, veía falta de claridad, descompensación en los tiempos de exposición, más de un titubeo, a veces algo de indecisión,... Aún así seguí cantando. Pensé: “si te tienen que echar que te echen ellos. Tú de aquí no te muevas. No te suspendas sola. Sólo sigue.“

No pudo ser. Me senté en el banco de la entrada. Me quité la chaqueta. Equis me dió el mejor (y el más sentido) abrazo del mundo y paso a paso nos fuimos alejando de allí.  

Seguiremos luchando compañeros.