sábado, 5 de septiembre de 2015

Jornada de reflexión.







Tras el batacazo del examen y tras el merecido descanso, volví a la rutina. Entré en una especie de ciclo horribilis en el que me levantaba con muy buenas intenciones pero según transcurrían las horas del día comenzaba a divagar frente a los apuntes, perdía el tiempo, pensaba en cualquier cosa menos en memorizar. Físicamente frente a las dichosas páginas del libro de tapas rojas pero mentalmente muy muy lejos de allí. Así, iban pasando las horas hasta que, cuando me quería dar cuenta, estaba prácticamente anocheciendo. Hora de cerrar los libros y escapar a trotar por ahí o al gimnasio. Creo que ese era el único momento del día en el que, de verdad y al 100%, conectaba con lo que estaba haciendo en el momento. Después, tras machacarme físicamente, llegaba a casa y comenzaba el ciclo de los remordimientos, de la insatisfacción y de la culpa. Así hasta que me quedaba dormida y comenzaba un día nuevo.

No puedo decir que estuviese triste, no he derramado ni una sola lágrima por el examen. La procesión se lleva por dentro dicen. Lo que siento es más bien decepción, frustración y una combinación de enfado, soberbia y vergüenza por no haber dado la talla que me come por dentro. No paraba de retumbar una idea en mi cabeza sobre lo que dijo un compañero (ote7) en su momento: “si estás en esto ahora mismo, no existe o no debe existir nada más. En esto no se puede estar a medias pero en general en la vida no se puede estar entre dos aguas. Hay que apostar. Si estás pagando un preparador y encerrado en tu casa, ponte a estudiar y estudia como un loco hasta el día que decidas dejarlo. Porque así cuando lo dejes, podrás decirte a ti mismo, hice lo que pude pero no era lo mío. Y poder decirte eso te dará tranquilidad de espíritu.” Y eso es precisamente lo que me faltaba, la tranquilidad de saber que estoy haciendo lo que debo, lo que elijo,  dejándome la piel en el intento.

Tanto es así, que el otro día decidí hablar con Frankie. “Frankie, no sé cómo afrontar esto. No paro de perder el tiempo, no rindo, no me cunde, no soy productiva y no sé cómo controlarme. Igual no sirvo para esto”. Con esa frase me presenté en su despacho. Y Frankie, que es muy sabio, me dijo que lo primero que tenía que saber era QUÉ QUERÍA. Me dijo que he tenido rachas muy malas pero que, a día de hoy, cree que si estudio al 100% y doy lo mejor de mí este año podía ser el mío. Sólo si estaba al 100%. Sino, NO. Con este ritmo, este estado y esta actitud podíamos tirarnos años yendo a cantar cada martes que no lo iba a sacar en la vida. “Piensa este día libre qué es lo que quieres. Lo que quieres de verdad” dijo.

Y lo pensé. Mucho. ¿Qué quiero hacer? QUIERO SER JUEZ. Sigo con la misma obcecación de siempre. Pero claro, esto es como el que quiere adelgazar y comienza la jornada con muy buenas intenciones desayunando cereales integrales con leche desnatada pero se va desatando a lo largo del día hasta acabar cenando panceta y chorizo frito. O como aquel que dice que va a dejar de fumar pero a lo largo del día se ventila dos cajetillas. Pues eso no es querer. Eso no es querer de verdad. Y mientras quieres y no quieres, mientras miras los apuntes y despilfarras el tiempo frente a ellos, la vida va pasando. Y la vida es demasiado corta como para no dar lo mejor de ti en cada cosa que hagas.

Querer de verdad es invertir tiempo y esfuerzo en ello. Poner todos los instrumentos para conseguir el objetivo marcado. Querer de verdad implica una voluntad de hierro. Significa sacrificarte para ello. Por eso cambié la pregunta: “¿Quieres invertir un año más de esfuerzo para conseguirlo?” “SÍ. Me doy otra oportunidad. Voy a invertir este año al 100% en esto”.   

Y así comenzó mi semana.